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Unión Sagrada, Unión Kármica y Andrógino Crístico

Hace algún tiempo que en el mundo de las relaciones de pareja se habla con mucha frecuencia de unión sagrada. Efectivamente esa sacralidad en la relación es el objetivo y es el legítimo derecho de todo ser humano; sin embargo, observo a mi alrededor mucha distorsión y confusión en la vivencia concreta de esa unión sagrada. Puedo ver y escuchar el dolor que genera mantener una relación so pretexto de que es sagrada cuando lo que está ocurriendo en ese espacio-tiempo es una limpieza kármica.


No es desde luego casual que sea cada vez más frecuente el uso del término “unión sagrada” para hablar de la relación de pareja, responde al momento que estamos viviendo, al tránsito que estamos experimentando. Es más que evidente que estamos en un momento de un gran salto en nuestra historia. Hay quienes hablan del movimiento de los polos magnéticos, otros hablan de la nueva era, algunos más del cambio climático... Los apelativos pueden ser diferentes, lo único que se mantiene es la idea del cambio. La nueva tierra hacia la que estamos transitando requiere estructuras nuevas, diferentes de las que habíamos conocido hasta ahora. Me temo que en la mayoría de los casos no habrá lugar para reediciones de lo que fue. Las relaciones están en el centro de esta transformación puesto que es en la relación donde se produce la alquimia del ser y la creación de lo nuevo.


Diversos pueblos amerindios hablan de la llegada del quinto o del sexto sol (el número varía de unas tradiciones a otras) para referirse a este momento. Los soles anteriores se caracterizaron por la alternancia de poder entre las fuerzas masculina y femenina. La entrada en este nuevo sol supondría el final de la rivalidad, el final de la lucha y traería el tiempo de la cooperación, de la reunión entre masculino y femenino.


Toda relación debería ser sagrada independientemente de si es una relación de pareja o no. Las relaciones con los amigos, con los animales, con las plantas... también son sagradas. Incluso una

relación kármica es sagrada. Sin embargo, para este texto admitamos que existen separadamente una unión sagrada y una relación kármica como la estamos nombrando en el contexto de una pareja. Para una y la otra se requiere una presencia muy diferente. No es lo mismo presentarse a la relación en un caso que en otro o en un momento que en el otro.


La diferencia fundamental entre una unión sagrada y una unión kármica es que la primera te permite expandirte, vivir en tu más alto potencial, en libertad y en gozo. La unión sagrada exalta tus dones y es el viento que sostiene tus alas para volar allí donde deseas. Cada miembro ve en el otro la divinidad, éste es el principio básico de una unión sagrada. La unión sagrada siempre produce un fruto tenga la forma que tenga.


La relación kármica genera una atracción irresistible hacia el otro, como una sensación de evidencia, de inevitabilidad del encuentro y también de estar en terreno conocido. Nos reconocemos en el otro y creemos reconocer al otro. En muchos casos, existe un fuerte deseo de fusión. Hay una tendencia a la posesión, a la exclusividad. Todo esos signos unidos al profundo anhelo que existe en cada ser humano de recuperar el estado de unidad, nos empujan a pensar que estamos ante una unión sagrada, nuestra alma gemela o similar. La relación kármica encierra porque te mantiene en patrones limitantes y antiguos. Todo es familiar en ese encuentro, claro, es terreno ya vivido y aunque al principio, parece el hogar deseado, con el tiempo llega la sensación de ahogo. En muchos casos, en ese momento aparece con evidencia la posesividad presente en el vínculo, pero la idea de romperlo da un vértigo mucho mayor que el ahogo que produce. Entonces se pone el acento en la sacralidad de la unión como una forma inconsciente de convencerse que está bien quedarse ahí.


El amor sagrado, el más elevado, no ahoga ni retiene, sino todo lo contrario es como abrir un ventanal de aire fresco que despliega tus alas más allá de lo que habías imaginado. Cuando amas de verdad dejas libre a la otra persona para que viva lo que tenga que vivir sea contigo o sin ti. El vínculo sagrado va más allá del espacio y del tiempo, va más allá de la materia y de las palabras. Escribió Rumi: “los amantes no se encuentran en ningún lugar; están dentro el uno del otro todo el tiempo”.


Es importante no confundir un tipo de atracción o apego con el otro. Si realmente te paras a una escucha profunda, no hay ninguna duda. Sabes cuándo estás en una relación que te nutre o una relación que se nutre de ti. Esto es igualmente válido para hombres que para mujeres. Ambos se pueden encontrar atrapados en una relación así.


Por supuesto, una relación kármica no es en absoluto un error o un castigo. No. Se denomina kármica porque nos proporciona un espacio de reequilibrio, de evolución. La geometría de nuestras vidas busca siempre la armonía. Tener una relación de este tipo es una maravillosa oportunidad de practicar la alquimia personal que nos llevará a un grado superior de consciencia y de amor.


¿Qué tipo de alquimia es esa? Llevamos en nuestro ADN tanto físico como sutil la memoria no sólo de los patrones relacionales de nuestra familia, sino los de nuestra cultura y los de la historia. Como hemos señalado, en los momentos de cambio global, de paso a una nueva era, es necesario crear nuevas estructuras, pero para ello hay que trascender las antiguas. Estamos desprogramando los patrones que mantenían al masculino y al femenino en un estado de lucha para dar a luz a una nueva tierra con patrones de relación que estén en consonancia con ella.


La alquimia es el arte de la transformación y el objetivo último de esa transformación es la unión. Los alquimistas describen tres fases en la Gran Obra: la primera, nigredo, de purificación y descomposición; la segunda, albedo, de reestructuración; y la última, rubedo, de alumbramiento, de unión.


Una relación kármica es una invitación a hacer este viaje. La fase de nigredo, es decir, negro, es la entrada en la oscuridad de la prisión, de los condicionamientos, de las memorias más pesadas para limpiar y purificar. Estar en una relación kármica pone ante nuestros ojos con toda claridad los modelos que nos habitan y que nos limitan: lo heredado de nuestro árbol, lo aprendido en la cultura de nuestro tiempo y también lo que forma parte del inconsciente colectivo. El proceso es intenso y puede ser doloroso, pero el resultado supera cualquier dificultad del camino.


La segunda fase denominada en alquimia albedo u obra en blanco supone crear lo nuevo con lo que ha quedado tras la purificación. En el caso de una relación, es aprender a encontrarse y compartirse de otro modo, desde otro lugar que nos sea propio Lo primero que se presenta aquí es la confusión, el desconcierto, puesto que las antiguas referencias han caído y las nuevas aún no están. Es la fase creativa por excelencia, el espacio de todo es posible. La confianza y la receptividad son en este momento las aliadas imprescindibles. La voz interior liberada del peso de lo viejo se hará cada vez más presente y más clara y guiará los pasos hacia el alumbramiento: la obra en rojo, rubedo. Éste es el momento de la celebración del hierosgamos o unión sagrada. El encuentro con la divinidad interior, con el uno. La luz al final de túnel.


En los últimos tiempos en mi camino alquímico personal de unión sagrada interior he estado acompañada por las presencias de Yesua y Myriam de Magdala (Jesús y María Magdalena) o si lo prefieres por los arquetipos que representan. Yesua y Myriam encarnaron la unión sagrada. Lo que he podido comprender es que ambos habían llegado a esa unión sagrada en su interior. Habían alcanzado el hierosgamos, el éxtasis de unión con la divinidad, con el Dios y la Diosa internos que son el reflejo de la Fuente de la Creación. Eso los convertía en uno. Eran uno cada uno, eran uno juntos y eran uno con la Unidad. Yesua y Myriam estaban encarnados en dos cuerpos, pero eran la misma vibración, eran la vibración de la Divinidad en la materia. Ambos encarnaron el andrógino crístico. La memoria de esa vibración crística de unión de amor ha atravesado toda la historia en nuestra psique, en el inconsciente colectivo y está disponible para cada una y cada uno de nosotros aquí y ahora.


Esta idea del surgimiento del andrógino está presente también en el Tarot. Los arcanos mayores del tarot clásico de Marsella representan un camino iniciático que comienza con la carta numero 0, el Loco o la número 1, el Mago, depende de las escuelas; y termina igualmente con la carta número

20, El Juicio o la número 21, El Mundo. La carta 21 representa el Ser realizado por ello en ocasiones esta carta junto con el arcano 0, el Loco, se extraen del camino propiamente dicho. Volviendo al andrógino, la carta justo anterior a la realización total es la número 20, el Juicio. La imagen muestra un ángel haciendo sonar una trompeta, bajo él una mujer y un hombre ante los cuales se levanta una figura andrógina que emerge de las profundidades. Una de las lecturas de esta carta es el nacimiento de una nueva consciencia, el nacimiento del andrógino fruto de la unión sagrada del femenino y el masculino. Recordar que el Tarot encierra la sabiduría de grandes escuelas místicas de nuestra historia como humanidad.


Por otro lado, la visión de unión desde la plenitud individual está presente también en otras culturas presentes aún en la actualidad. Entre los Mapuches, pueblo originario de Chile y Argentina, el rito de unión parte del principio de que un nido se hace con dos huevos completos. Así la pareja que desea unirse tiene un año de convivencia antes de validar su unión para demostrar y probarse a sí misma que efectivamente son dos seres completos quienes se presentaban a la unión y no dos mitades como tantas veces oímos en otras culturas.


Nuestra existencia es holográfica, siempre aplica el principio hermético de “lo de arriba como lo de abajo”. Para que el rito sagrado de la unión pueda darse en toda su plenitud con otra persona tiene antes que producirse en el interior. De este modo podremos alumbrar ese tercer elemento que es un nuevo tiempo de armonía, cooperación y gozo.







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